Cochabamba también se sirve en la mesa

Siempre he pensado que hay muchas formas de contar de dónde venimos. A veces lo hacemos a través de la música, de nuestras costumbres o 

de los lugares que elegimos para celebrar. Pero hay una que siempre me ha parecido especialmente poderosa: la comida.

Y si hablamos de Cochabamba, esto cobra todavía más sentido. Vivimos en una ciudad donde sentarnos alrededor de una mesa significa mucho más que comer: es reunirnos, compartir, conversar y celebrar. La gastronomía forma parte de nuestra identidad y también puede convertirse en una forma de contar una historia dentro de un evento.

Hay algo muy interesante detrás de esto. El olfato y el gusto están estrechamente relacionados con las áreas del cerebro vinculadas a las emociones y la memoria. Por eso un aroma o un sabor pueden transportarnos, casi sin darnos cuenta, a nuestra infancia, nuestra casa o una persona en particular.

Y ahí creo que Cochabamba tiene muchísimo para aportar. Tenemos sabores que reconocemos desde pequeños y que asociamos inme

diatamente con nuestra ciudad y nuestra forma de celebrar. Incorporarlos a un evento no significa necesariamente servir un menú tradicional. Podemos tomar esos sabores, reinterpretarlos y presentarlos de una manera diferente y acorde al concepto de cada celebración.
Para mí, la gastronomía tiene que conversar con todo lo demás. Si estamos construyendo una experiencia, podemos pensar qué sabores representan el concepto, cómo queremos presentarlos y qué queremos provocar cuando un invitado los pruebe.

Porque al final no se trata solamente de qué servimos en la mesa, sino de lograr que un sabor sorprenda, conecte o incluso despierte un recuerdo.

Y qué mejor lugar para hacerlo que Cochabamba.

— Pame

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